"La mirada del artista puede ser crítica, pero no es nunca acusatoria ni resentida." Roland Barthes

lunes, 6 de abril de 2015

África


"¿De qué es capaz un cuerpo?", es capaz de preguntarse la danza. En África, la capacidad que despliega es infinita, no porque lo haga todo, sino porque permite adivinar con apenas unas insinuaciones cuán inabordable es el repertorio de sus capacidades.

Un cuerpo puede: saltar y sentir que se le tapan los oídos cuando escucha un estallido; ser caja de resonancia, vibrar en el pecho con música de tonos bajos y volumen alto; aguzar la vista cien veces para captar las sutilezas de un rostro humano que extrema sus gestos sin expresar los sentidos convencionales. Un cuerpo puede convulsionar de risa, sentir asco, hartarse, asustarse y quedar pasmado. Eso, desde la butaca.

Mientras, en el escenario van quedando restos de: barro, sudor, saliva, humo, soda. No quedan, en cambio, velos que protejan el artificio de ojos indiscretos. Todo está allí, todo se muestra y se repite en distintas versiones que evidencian lo infinito de las posibilidades.

La distancia, sin embargo, no termina de romper un cierto hechizo. Será el escenario a la italiana de la Muiño, serán las modulaciones en la voz de Andrea, o quizás la constante autodeclaración de la obra como tal acaba por hacerse parte de ella y normalidad escénica.

Unos esfuerzos finales por ponerse en palabras desembocan amablemente en el aplauso. Es, acaso, un mimo final a una audiencia que ha sido presentada con sensaciones pregnantes y por momentos violentas: imágenes visuales, auditivas y cinéticas que osan recordarnos que el cuerpo es capaz de muchas cosas, infinitas quizá, y que no todas ellas son lindas y agradables, pero que no por ello son menos eficientes en su toque y que nos hacen vibrar formas inesperadas. Eso es lo que más recuerdo de África.