"La mirada del artista puede ser crítica, pero no es nunca acusatoria ni resentida." Roland Barthes

viernes, 17 de febrero de 2017

Una espectadora se prepara

Abre la puerta.

Goza el viento que le lava la frente. Deja que le disperse el texto de la gacetilla. Solo conserva el título, para pedir la entrada. Lo paladea. Ve sus letras. Lo deja que se desordene un poco también, que juegue a la música. Le suena a A E R O S I L L A.

Una butaca puede ser una aerosilla. Los pies en el aire, el corazón de vértigo. Hay que confiarse a su dirección, al sentido de su viaje. Hasta que no se recorre, no se conoce. En nada se parece a ese hilo recto que se veía desde abajo. No hay manera de anticiparlo.

Se puede, en cambio, predeteminarlo. Se puede predefinir un juego de expectativas y apostar. Apostar me arruina el viaje. Si gano, no descubro nada. Me aburro. Me felicito. La aerosilla me es innecesaria. Si pierdo, la uso de chivo expiatorio, de punching bag, a ella y, por lo tanto, a quienes la hicieron, a quienes la disfrutaron, a mí misma. En ningún caso nos conocemos ni nos descubrimos, ni me descubro en ella, ni la descubro en mí. En ningún caso nos encontramos, no podemos jugar.

Pre-parada es sentada. Hay que poner el culo en la aerosilla. Hay que arriesgarlo para sentir un poquito de cosquillas en algún lado. Para después pararse con las piernas de resorte, con los pies hormigueando. Este hay que se refiere a mí.

Si la aerosilla no funciona me caigo y tal vez me mato. En la butaca/grada/almohadón se puede sentir mucho, hasta temor, hasta sufrir, hasta morir. Dispersarse poro a poro en el paisaje mientras la luz se apaga.